Páginas vistas en total

viernes, 18 de febrero de 2011

PORTÁTILES PARA LOS SUSPENSOS O LA LEY DEL OLVIDO

PORTÁTILES PARA LOS SUSPENSOS O LA LEY DEL OLVIDO
Ángeles Martín Gallegos

Por aquello de que el alumnado de 6º de Primaria promociona a 1º de ESO con el regalo de un portátil dentro de su mochila, los que no promocionan a 2º de ESO reciben el mismo obsequio. Este sistema educativo que regala portátiles a los repetidores podrá presumir de todo menos de educativo. Sus defensores dicen que se trata de una medida igualitaria que desea estimular a todos los escolares para que aumenten sus capacidades. Pero la realidad no funciona así. Que los repetidores de 1º de ESO reciban un portátil en premio a sus suspensos supone un desafío a la inteligencia y al sentido común. La realidad es que muchos alumnos de 2º de ESO prefieren repetir curso al año siguiente para recibir el mismo regalo, y así sucesivamente hasta el final de la Secundaria.
Yo misma, en calidad de tutora, he repartido ordenadores a un alumnado que no sabe construir una frase coherente con cuatro palabras, por no hablar de la ortografía. En cuanto a la caligrafía, es mejor ni mencionarla; el arte del trazo ha pasado a la historia y ahora hay cada vez más alumnos que no entienden su propia letra. Por mi parte, he de decir que solo la escritura me ofrece algo de consuelo en estos tiempos que corren y, por lo mismo, me debato a diario para conseguir que “mis discípulos” comprendan lo necesario que es saber leer y escribir. Sin embargo, este sistema me lo está poniendo cada vez más difícil, y a mis cincuenta años, tras veintidós dedicados a la docencia y reciclándome continuamente, se me están acabando los recursos.
Quiero ahondar un poquito en mi problema, así que permítanme que mi reflexión me conduzca a las altas esferas del poder. Con el debido respeto y desde mi humilde posición, voy compararme con nuestro presidente:
José Luis Rodríguez Zapatero nació en agosto del sesenta. Tengo entendido que su abuelo era pediatra y su padre abogado. Yo nací a principios del sesenta y uno. Somos, pues, de la misma generación y ambos tenemos una carrera universitaria. Por lo demás, estoy segura de que él me supera en todo, salvo que yo pronuncio mejor el francés.
Ni mi padre fue abogado, ni mi abuelo ejerció la medicina. Mi padre, que fue emigrante, volvió de Francia del brazo de mi madre, con una niña pequeña en el regazo y unos pocos ahorrillos con los que compró una casa vieja. Poco después las parras, luego el paro y los caminos, y mi madre limpiando casas, hasta que llegó el alambre, y mi padre que salía antes del alba y llegaba muy anochecido. Se dejó la salud y la vida pegada a estos plásticos del poniente entre los cuales se desatan las aulas donde ejerzo la profesión que debiera ser la más hermosa del mundo. Todo para que su única hija pudiera estudiar una carrera, con beca, claro está. Respiré con mis padres el aroma del esfuerzo acuciada por el fantasma del suspenso durante toda mi formación por miedo a perder la beca. Mi padre murió al poco de licenciarme y solo tres meses antes de aprobar las oposiciones. Lloré mucho el día aquel en que vi mi nombre en la lista de aprobados recordando la tierna sonrisa de mi padre.
Veintidós años después, el destino y las circunstancias me han traído una nueva familia: una residencia de viejecitos donde me hallo ahora escribiendo esto junto a la mirada ausente de mi madre; a ella me aferro esperando una sola palabra de sus labios, aun sabiendo que la enfermedad del olvido no perdona. A los profesores nos recuerdan a diario que tenemos muchas vacaciones, pero se sigue olvidando que, traspasada la puerta del centro, también tenemos otras vidas que atender. Se olvida que para ser docentes eficaces, grandes enseñantes de mentes despiertas, buenos educadores, se necesita un continuo recordar los errores cometidos y unos dirigentes sin vendas en los ojos. Parece que el Alzheimer es un mal que no solo aqueja a nuestros mayores: llevamos muchos años ya padeciéndolo y aún seguimos esperando la reacción milagrosa tras unos cerebros secos que se han quedado sin memoria. ¿Qué nos pasa? ¿Hasta cuándo vamos aguantar esta amnesia colectiva? La enseñanza no funciona en nuestro país y aún menos en Andalucía, y si no funciona la enseñanza ¿cómo va a funcionar la educación? ¿Por qué no lo aceptan de una vez? Que el analfabetismo protagoniza nuestras aulas es un hecho, y una realidad es que no se puede educar a analfabetos. No es que sea necesario; ahora se trata de una urgencia: es urgente que entre en vigor una ley realista y con sentido común. Y si no lo quieren hacer por los profesores, ni por los alumnos, ni por el presente, háganlo al menos por el futuro. Y un buen futuro se construye mirando al pasado para aprender la lección. La cita es ya lugar añejo y común, pero yo lo digo convencida, aunque me tachen de carca ciertos iluminados del progresismo. Y ya que tanto han apelado a ella, háganlo por la memoria de nuestros muertos, háganlo, aunque sea, por los tristes hijos de la guerra.
Ángeles Martín Gallegos es profesora de instituto, novelista
y miembro de la Asociación de Profesores ¡DEJADNOS ENSEÑAR!

1 comentario:

  1. Muy bueno. Enternecedor. Y muy duro, casi tanto como la realidad que presenta. Estamos contigo, hartos de la indiferencia de los gobernantes de este país, cuando no deseperados de soportar que hagan otras leyes peores cada cual que la anterior.
    Saludos desde Crisis Educativa

    ResponderEliminar