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miércoles, 5 de enero de 2011

CRITERIOS DE CALIFICACIÓN Y ENSEÑANZA

            Quería aprovechar la oportunidad que ofrece este blog de la Asociación Dejadnos Enseñar, de la que formo parte, para opinar sobre cualquier tema relacionado con la educación. He vivido en 21 años de profesión muchas situaciones diferentes en BUP, en FP de primer y segundo ciclo, en ESO y Bachillerato. He sido tutor de clases de COU con 35 alumnos buenísimos y de 1º de FP de Automoción donde la mitad de los alumnos no habían pasado de 6º ó 7º de EGB (eran 8 cursos, lo digo por los muy jóvenes).

            No quiero decir con esto que sea un cyborg agonizante, sino que quiero centrarme en la evolución de eso que hemos dado en llamar bajada de niveles, aunque algún amigo le ha llamado siempre bajada de pantalones. La ESO entró con la amenaza de bajar los niveles porque se universalizaba la enseñanza básica hasta los 16 años y aún recuerdo los prejuicios de los alumnos de la última promoción de 2º de BUP respecto a sus compañeros de 3º de ESO, de tanto oír lo mal que iba a quedar la enseñanza pensaban que los compañeros con un año menos que ellos eran inferiores y había verdadero pavor a repetir curso por no entrar en una promoción marcada.

            Todo aquello fue quedando atrás afortunadamente y los profesores nos sumergimos en la evaluación de conceptos, procedimientos y actitudes. Fue una época en la que alguna gente que nos creíamos ligeramente el tinglado que se estaba montando empezamos a hacer cosas raras a la hora de corregir exámenes. Yo empecé a hacer tablas con los objetivos que pretendía evaluar en un examen y anotaba si el alumno los alcanzaba o no, para luego comunicárselo. Pero confieso que algún año después lo abandoné por mi percepción de que realmente no servía para nada; lo cual no implica que a otros compañeros les pasara lo mismo.

            A todo esto no parábamos de preparar materiales o seleccionar libros porque cuando terminamos de adaptarnos a todos los cursos de la LOGSE surgió el decreto de humanidades que cambió los temarios, y hubo que volver a secuenciar contenidos curso a curso; poco después vino la LOE con su LEA y hubo que volver a empezar a hacer lo mismo, y estamos esperando a la siguiente que mucho me temo que llegará en breve.

            Pero la LOE trajo consigo un nuevo concepto: la evaluación de competencias. Ahí se vino abajo la poca resistencia que me quedaba para convertirme en crítico de este absurdo sistema. Resulta que lo que yo había estado haciendo toda mi vida no había servido para nada, las generaciones de alumnos que han salido de mi centro, para seguir formándose y llegar a ser grandes profesionales que ahora se ven trabajando y ocupando puestos de responsabilidad, son en realidad un fraude porque por aquel entonces no existían las dichosas competencias que nadie entendemos pero que han llenado cientos de tesis doctorales de psicopedagogos (no uso el término despectivamente, que conste).

            Ante tanto vaivén y tanto desprecio por la labor del profesorado de secundaria, a los que se nos hace culpables del camino sin rumbo que lleva la educación en España, unas veces por acomodados, otras por mal formados y ahora hasta por no saber inglés, no nos queda más remedio que seguir haciendo lo de siempre: echarnos a la espalda a nuestros alumnos y conseguir que adquieran la mayor formación posible. Y por fin llego a mi objetivo con este artículo.

            En los últimos años he ido observando, entre mis compañeros, como se propagaba un virus que consiste en menospreciar el peso de los exámenes en la calificación de los alumnos. Con la excusa del tratamiento de la diversidad o sin excusa, da igual, hemos empezado a dar peso en la calificación a conceptos como la participación en clase, la presentación del cuaderno de clase, la realización de las tares de casa, la presentación de trabajos absurdos que no contribuyen en nada a su formación (me refiero a los de recorta y pega) y otros que van añadiendo positivos o negativos en el cuaderno del profesor. He de decir que no me parece mal esto siempre que el peso de todos estos conceptos sea pequeño en la calificación final del alumno.

            Ya he dicho que los profesores nos hemos quedado solos ante una administración que no nos ayuda en nada, sino todo lo contrario, y que la enseñanza depende de nosotros. Pues bien yo creo que nuestro objetivo principal es que nuestros alumnos aprendan nuestra materia y que a la vez se eduquen en la participación, adquieran una conciencia crítica, aprendan a resolver conflictos por cauces pacíficos y todo lo que queramos añadir para que sean buenos ciudadanos. Pero esas facetas de la formación no se pueden evaluar con una nota, ni se pueden explicar teóricamente. Además son absurdos si no partimos del principal de todos: se han de educar en la responsabilidad y la primera y más importante de las responsabilidades de nuestros alumnos es estudiar las materias del currículo.

            Creo que estamos tirando piedras contra nuestro propio tejado y faltando a nuestra responsabilidad como docentes si quitamos importancia a los exámenes en la calificación final de un alumno. Y lo hacemos cuando incluimos conceptos como comportamiento o  puntualidad en el cálculo de la nota. Esa pregunta tantas veces repetida: “¿Me vas a aprobar maestro?, si ya ves que me porto bien”, que yo siempre he afeado a mis alumnos, cobra ahora una actualidad enorme cuando hay programaciones que ponen que el 60% de la calificación corresponde al comportamiento en clase. No quiero con esto criticar a los compañeros que lo hacen, están en su derecho y esto es solo mi opinión. Pero si quiero que les sirva para replanteárselo aunque vuelvan a responder que les parece bien.

            Siempre me ha parecido que el buen comportamiento es fundamental en clase y que hay que trabajarlo como valor en sí, pero también creo que la parte de convivencia tiene sus cauces a través de las normas de convivencia y sus sanciones, y la parte académica se expresa en la calificación de la asignatura.

Antonio Damián Sánchez Martínez

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